
“La mayor de las Oliver salía con sus perros e iba a comprar comida o a pedir un favor cuando lo necesitaba, pero no se dejaba ver mucho ni tampoco se relacionaba mucho. Sólo lo indispensable. Sólo cuando le parecía inexcusable. ¿Debía pararse a hablar con los demás? ¿Debía escuchar reflexiones ajenas? ¿Someterse a las imposiciones del grupo? ¿Dedicarse al cultivo de los afectos? No. No.
Lo que debía hacer era proteger a sus perros y asegurarse de que no se tragaban los huevos emponzoñados que les llenarían el estómago de agujas. Evitar que se envenenaran. Evitar que murieran. Había visto esos vómitos con sus propios ojos unas cuantas veces. Eran incontables los perros que habían muerto así, en un espasmo, babeando, sin nada que hacer. Escupiendo alfileres y sangre. Pero ella los cuidaba, los vigilaba.”
Lo que debía hacer era proteger a sus perros y asegurarse de que no se tragaban los huevos emponzoñados que les llenarían el estómago de agujas. Evitar que se envenenaran. Evitar que murieran. Había visto esos vómitos con sus propios ojos unas cuantas veces. Eran incontables los perros que habían muerto así, en un espasmo, babeando, sin nada que hacer. Escupiendo alfileres y sangre. Pero ella los cuidaba, los vigilaba.”

“Ahora estaba allí, en una casa a la que iba a desembocar el camino de tierra que recorría toda la extensión del llamado tramo de Betania (aunque había quien lo recordaba como el tramo del Colono) y que seguía invadida por las hormigas a pesar de lo avanzado de la estación. Si estaba bien allí, debía pensar que estaba bien y no sentirse culpable. Y ahora estaba bien allí. Con los pies en tierra firme.
Después de haber vivido siempre alerta, sin bajar la guardia. Sin confiarse. Al tanto de que no había mejor antídoto que el del cuidado. La precaución. La atención. El establecimiento de una disciplina correcta y continuada. Porque nunca se avanzaba lo suficiente. Nunca. Y había que estar preparada. Levantarse cada día sin impacientarse y dejar transcurrir las horas sin fluctuar, subir y bajar, apartando de la imaginación todo recelo."
Después de haber vivido siempre alerta, sin bajar la guardia. Sin confiarse. Al tanto de que no había mejor antídoto que el del cuidado. La precaución. La atención. El establecimiento de una disciplina correcta y continuada. Porque nunca se avanzaba lo suficiente. Nunca. Y había que estar preparada. Levantarse cada día sin impacientarse y dejar transcurrir las horas sin fluctuar, subir y bajar, apartando de la imaginación todo recelo."



