
"Me llamo Nazarena, barro los patios durante la noche y maté a mi madre a dentelladas. Comí de su cuerpo sin mesura. Ella no opuso resistencia. Me ofreció sus huesos para sorberlos hasta dejarla seca. La muerte la traspasó como una mancha sobre la piel. Desde ese día, mamá gobierna la casa sentada en la mecedora del corredor. Es una mujer estropeada a mordiscos, un pájaro mudo, una muerta en vida. Hoy es Miércoles de Ceniza. Aparecida degüella dos gallinas y corta el perejil para el caldo. Lo hace todo con la cruz de polvo y saliva pintada sobre la frente.
Yo llevo el rostro limpio, porque a mí la Cuaresma ya me tizna el nombre. Mis siete hermanas revolotean por toda la casa. Fuman, murmuran, maldicen e imparten órdenes. «Aparecida, sirve la sopa con las cucharas grandes». «Aparecida, plancha las servilletas». Aparecida, esto. Aparecida, lo otro. Las escucho hablar en letanías. Sus palabras rozan mi mente como cortinas prendidas en fuego. «Nazarena, ¿dónde estás?». «¡Nazarena, ven aquí!». Yo no contesto. Que cada una se ocupe de sus cosas y me deje atender las mías."
Yo llevo el rostro limpio, porque a mí la Cuaresma ya me tizna el nombre. Mis siete hermanas revolotean por toda la casa. Fuman, murmuran, maldicen e imparten órdenes. «Aparecida, sirve la sopa con las cucharas grandes». «Aparecida, plancha las servilletas». Aparecida, esto. Aparecida, lo otro. Las escucho hablar en letanías. Sus palabras rozan mi mente como cortinas prendidas en fuego. «Nazarena, ¿dónde estás?». «¡Nazarena, ven aquí!». Yo no contesto. Que cada una se ocupe de sus cosas y me deje atender las mías."



