
Somos países sin nombre. El nombre está, siempre estuvo ahí, pero lo olvidamos demasiado pronto y nos pasamos la vida intentando recordar. Y eso cansa, cansa mucho. A veces nos parece haberlo soñado. Luego, durante la vida hay instantes de lucidez que nos desarman y en los que de nuevo recordamos.
Son los momentos de las grandes muertes, esos impactos que marcan un gran antes y un después aún mayor y que nos dejan desnudos y nos obligan a mirarnos sin el filtro de lo aprendido, momentos en que, si cerramos los ojos, nos atrevemos a ver lo que somos: un país pequeño y asustado que busca su nombre, su contraseña, su entraña
Son los momentos de las grandes muertes, esos impactos que marcan un gran antes y un después aún mayor y que nos dejan desnudos y nos obligan a mirarnos sin el filtro de lo aprendido, momentos en que, si cerramos los ojos, nos atrevemos a ver lo que somos: un país pequeño y asustado que busca su nombre, su contraseña, su entraña






