
"Con la preñez, los ojos se le habían vuelto de agua como si fueran la superficie de un estanque que le crecía dentro. Eso pensé la primera vez que mi Encarna se quedó en estado. Me pregunté a mí mismo si no la habría inundado, pero cómo la iba a anegar con la de hueco que debía de tener una mujer por dentro. No sé cómo se me ocurrían esas cosas.
Durante mucho tiempo me había atormentado justo lo contrario: que nada de mí se le quedara en el interior. Al principio, tenía tanta hambre y tanto miedo de ella que no me daba cuenta. Quería llenarle el cuerpo y la vida. Ser suficiente. Compensarle ese silencio seco en el que me encallaba tantas veces. Deseaba que estuviera orgullosa de su marido, que le valiera la pena, que aquel mozo con el que estaba ennoviada cuando pasó lo que pasó no se le prendiera en las entrañas al recordarlo. Ansiaba acabar tan dentro como la carne me permitiese. Darme a ella. Ser hombre en ella."
Durante mucho tiempo me había atormentado justo lo contrario: que nada de mí se le quedara en el interior. Al principio, tenía tanta hambre y tanto miedo de ella que no me daba cuenta. Quería llenarle el cuerpo y la vida. Ser suficiente. Compensarle ese silencio seco en el que me encallaba tantas veces. Deseaba que estuviera orgullosa de su marido, que le valiera la pena, que aquel mozo con el que estaba ennoviada cuando pasó lo que pasó no se le prendiera en las entrañas al recordarlo. Ansiaba acabar tan dentro como la carne me permitiese. Darme a ella. Ser hombre en ella."
Sinopsis oficial de la editorial
Un hombre mayor. Un hombre mayor, de campo. Un hombre mayor, de campo, hablándonos de sexo. Un hombre mayor, de campo, hablándonos de sexo y reflexionando sobre las dificultades de ser hombre. Un hombre que siente la extrañeza del lenguaje, que no alcanza a decir lo que quiere decir, que apenas logra señalar lo que duele. Marcelino es su relato, cuajado de miedo y de amor. A su alrededor, la brutalidad y la dulzura se abren paso entre cuerpos que gimen, que paren, que lloran a sus muertos, que se alejan lentamente del campo…
Mi opinión personal sin spoilers
Bibiana Collado Cabrera (Castellón, 1985) es una novelista/poeta, autora de varios poemarios por los cuales ha recibido sendos Premios. “Marcelino” (2026) es su segunda novela tras la exitosa “Yeguas exhaustas” (2023) que fue considerada uno de los mejores debuts de ese año por el suplemento El Cultural.
▶︎ El comienzo: No sé como he llegado hasta “Marcelino”, pero ni lo sé, ni me importa, porque lo importante es que he llegado y estoy feliz de haber llegado. Sin duda, uno de esos grandes descubrimientos que no puedes sino agradecer y volver a agradecer al “universo de los libros” que de vez en cuando me ofrece verdaderas joyas literarias. Y es que ya desde el comienzo me siento en casa porque intuyo eso que sospechaba me iba a encontrar y que siempre ando buscando:
Si hubierais visto cómo sangraba, acuclillada sobre el pasto y la piedra… Algunas cabras la rodeaban como si intuyeran que el calor se le iba entre las piernas y acudieran a prestarle el suyo. Otras retrocedían para no chafar el duelo rojo que impregnaba la tierra. A mí me habían dicho que no debía estar allí, que un hombre corre a llamar a la partera y se aparta porque allí no pinta nada, porque eso es labor de mujeres, porque nosotros lo único que hacemos es estorbar. Pero no era la primera vez que pasaba. Yo ya lo sabía y ella también. Ella debía saberlo antes que yo, seguro. Ya había perdido a dos criaturas antes. Hacía frío en lo alto de aquel cerro. Por suerte, la nieve del día anterior no había cuajado y pude bajar a toda prisa con la bicicleta por el sendero para llegar al cortijo donde vivía la Juana, que hacía de matrona en aquella majada y sus alrededores.—¿Qué pasa, Marcelino?—Se ha malogrado.Otra vez.—¿Seguro?—Quién sabe, pero yo creo que sí.—Vamos.—Que no se me muera, Juana.Si hubierais visto cómo sangraba, entenderíais por qué tenía miedo a que se me muriera.¿Sangrarán tanto las que paren chiquillos vivos?
▶︎ Ayer acabé esta lectura y aún sigo con esa sensación de fascinación en el cuerpo y el convencimiento de que nunca voy a olvidarme de Marcelino ni de su amor por Encarna que él mismo nos cuenta, lo que le confiere aún más valor a la historia, una historia contada por un hombre ya entrado en la vejez, sobre mujeres, porque para él ellas son las auténticas protagonistas de su vida, mujeres importantes, imprescindibles. Desde su Encarna, pasando por su prima y mejor amiga Ángeles y su pareja la Dolores. Preciosa la relación de estrecha confianza, complicidad y cariño entre los dos primos.
Ambientada en un entorno rural de la posguerra española, la España de la hambruna y la miseria, la novela tiene cincuenta capítulos más uno, comenzando por el cincuenta y acabando en el capítulo cero. Está narrada por el protagonista de la historia, Marcelino, en pasado, ahora que es viejo, está solo e intuye que le queda ya poco por vivir.
▶︎ Marcelino, es un personaje simple y a la vez carismático: un hombre bueno, compasivo, inocente, sensible, tierno y delicado pero a la vez bruto, con esa brutalidad de pueblo fruto del desconocimiento y la incultura, la brutalidad de los que solo saben del trabajo de campo y del cuidado de los animales.
Mi madre andaba faenando de un lado a otro. Parecía que no estaba escuchando. Sin embargo, cuando aquellas mujeres se fueron cada una a su casa, me metió de una brazada en la cocina y bajito me dijo que las mozas y las casadas echan sangre una vez al mes, ni las niñas ni las viejas, solo las que tienen edad para dormir con un hombre. Esa sangre es la responsable de que puedan tener familia. Si una hembra no sangra, no puede ser madre. Y punto.” Un placer haberme podido meter en su cabeza y escucharle hablar sin pelos en la lengua, sin pudor, sin ocultar nada al lector, y poder conocer sus más íntimos sentimientos y pensamientos, saber de sus miedos, de su inagotable deseo y adoración por su Encarna desde esa primera vez que la vio, la escuchó hablar y supo, sin atisbo de duda, que esa mujer era para él, que estaba hecha para él.
Su personalidad callada, de pocas palabras, le acarrea muchos problemas incluso con su mujer que es habladora y comunicativa. Les cuesta entenderse, pero al final, quienes se aman se entienden sin palabras, con ese amor profundo, íntimo, verdadero que todo lo puede. Es un hombre que quiere hacer las cosas bien, pero que duda, que pone empeño en entender y en hacerse entender.
¿No tienes nada que decir, Marcelino? Nunca tienes nada que decir. ¿Me estás escuchando? Me ahogo con tanto silencio. ¿Todo lo tengo que decidir yo? A veces parece que viva sola aquí. ¿No vas a reaccionar nunca? No puedo más con esto. ¿Te vas a quedar ahí quieto todo el día? Eres un cobarde. ¿Me oyes? Así no se puede vivir. ¿De verdad no vas a hacer nada? Yo no pensaba que íbamos a acabar de esta manera. ¿Esto va a ser así para siempre? Un día voy a coger la puerta y no vuelvo más. ¿Reaccionarías entonces? Marcelino, joder, di algo.
▶︎ Hay puro amor, dulzura, erotismo, sensualidad en ese hombre, entre estas páginas y temas muy interesantes que se abordan desde la franqueza y la espontaneidad. El que subyace y domina la trama es el de la obsesión de algunas mujeres en tener hijos y el destrozo en las parejas cuando no se puede, cuando hay aborto tras aborto y solo queda la desolación, la aridez.
Tras la primera pérdida —ni siquiera conocíamos la palabra aborto—, se le había quedado prendida una pesadumbre que embarraba la casa y tardó meses en secarse. Con la segunda, la carne se le recuperó más rápido, pero el padecimiento se le solidificó formando una masa acerosa como la hoja de una azada. Se afiló la herida, se le tornó en rabia. Mi Encarna era un manojo de haces de luz, tenía una fuerza brillante que a veces punzaba. Se la comía por dentro una energía que en ocasiones resultaba difícil de controlar. Nunca estaba en paz. O casi nunca. Pensé que yo sería su paz, quise de verdad ser su paz. Pero mi quietud casi la vuelve loca en aquella época. Algo se me bloqueaba en las entretelas. El cuerpo se me paralizaba y hasta el pensar se me quedaba anclado de tanto en tanto. Por fuera parecía reposo o indiferencia. Sin embargo, los bichillos de la angustia me carcomían por dentro. Si no tenía paz para mí, ¿cómo se la iba a dar a ella?.
Pero también se trata el duelo, la amistad, la homosexualidad en las mujeres y su aceptación en los ambientes de pueblo, la incultura y la desinformación de todo lo relacionado con la sexualidad, el deseo y el sexo no caduco en la vejez. Porque incluso en el final de sus vidas, Marcelino y Encarna se siguen deseando, siguen disfrutando de su intimidad a pesar de sus cuerpos marchitos y resquebrajados.
Tampoco tenía casi pelo en ninguna otra parte del cuerpo. ¿Cuándo se le había caído? Le acaricié las piernas y los brazos. Acerqué mi nariz a las axilas, como cuando éramos jóvenes y me volvía loco con su olor. Me dio vergüenza y me dio gusto. Puse un besico en aquel hueco. Sonrió. Con las manos recogí las tetas desparramadas, las devolví al centro, estaban consumidas. Con los pulgares rocé las areolas, jugué con los pezones y me pareció que conservaban algo de otros tiempos en su suavidad. Encarna se había espabilado y habló.—Sigo siendo yo.—Claro que sigues siendo tú.
▶︎ Una curiosidad, el significado de la cubierta según la autora: la flor silvestre que aparece brotando entre la tierra dura, árida y seca, representa «La ternura en medio de toda esa dificultad».
Resumiendo: “Marcelino” es una novela de corte rural e íntima, muy tierna, narrada por un hombre parco en palabras pero muy especial, de esos protagonistas que quedan para siempre en la memoria. Una lectura que es pura poesía sin versos, amor incondicional de ese que a veces colma, a veces duele, pero que siempre arropa y cura.
El ser humano no está hecho para darse cuenta de que es feliz.
¿Os recomiendo esta novela? Por supuesto, por varios motivos: por todos los puntos destacables que os he contado arriba, pero también porque es una lectura preciosa, que se huele, que se siente, como se huelen y se sienten los dos protagonistas de la historia. Así que no os queda otra que leedla, ¡leed a Bibiana Collado, no os la perdáis!
Mi nota esta vez es la máxima, para variar, dicho sea irónicamente:

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